Saturday, June 10, 2006

Louise Michel.


Conocida mundialmente como la Virgen Roja, una de las mujeres en la historia que más han contribuido a la lucha social, participante de la Revolución Francesa de 1871 que desde los primeros días defendió con las armas en mano, dirigiendo un batallón de mujeres que se batieron valientemente en las barricadas contra los ejércitos de Versalles; enjuiciada en 1871 y deportada a Nueva Caledonia en el pacifico Sur de por vida. Después de haber sido expulsada el gobierno disolvió violentamente La Comuna de París. Hija ilegítima de una criada, consigue una buena cultura no solo política sino también literaria; deportación y encarcelamientos no quitan que lleve a cabo una intensa e interrumpida propaganda subversiva de indudable eficacia. Finalidades educativas en sentido amplio tiene sus novelas y dramas sociales con títulos significativos (La miseria, Los desesperados, Los hijos del pueblo, Los microbios humanos, Los delitos de una época); en los ensayos críticos y políticos (uno de ellos dedicado a Tolstoi) presenta a la anarquía como una forma de vida asociada, igualitaria y pacifista que rechaza netamente las instituciones burguesas, incluidas las escolares y la cultura de élite, porque “la verdad tiene que surgir necesariamente de los tugurios, ya que de arriba sólo salen mentiras”. Louise Michel escribe muchos opúsculos dirigidos a la emancipación de las mujeres, colabora, a veces con pseudónimos como “Clemente”, en periódicos pedagógicos (entre ellos el progresista Journal d’education), redacta muchos artículos para l’Encyclopédie Gautier. Si las personas valen por lo que de sí mismo conceden a los demás, muy pocos de nuestros semejantes pueden valer tanto como la virgen roja o la buena Luisa; su existencia se resume en dos palabras: abnegación y sacrificio. Casi octogenaria, recién salida de una penosa convalecencia, cuando había llegado la hora de reposar algo en la vida antes de ir a descansar eternamente en el sepulcro, realiza un esfuerzo supremo y sale a recorrer el sur de Francia en una gira de conferencias. Atacada por una grave enfermedad, no resiste y muere en Marsella a principios de enero de 1905. “Se va (según Lucien Descaves) agotada, arruinada, exangüe, con la piel colada a los huesos, como un perro errante, habiendo dado más que cien millonarios empobrecidos a fuerza de liberalidades, habiendo dado toda su existencia a los desgraciados. Indiferentes a sus propios y continuos infortunios, insensible a las privaciones, a la fatiga, al frío, a los ayunos, no devuelve a la tierra más que un esqueleto, demasiado tiempo ambulante para no tener en fin derecho al reposo”. Las crónicas dicen que por lo menos cien mil personas siguieron su féretro. Con ella se desvanece la manifestación más pura del espíritu revolucionario en el alma femenina: representaba en el movimiento social de Francia lo que Georges Sand en la novela, Madame Ackermann en la poesía, Rosa Bonheur en la pintura o Clémence Royer en la ciencia.

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